“El fútbol es el motor por el que me sigo despertando”
79 minutos del segundo tiempo. Fecha 26 de la Serie A. Parma empata 0 a 0 de visitante, frente al Milan, y tiene un córner a favor. El relator de la transmisión presagia un peligro: la llegada de Mariano Troilo al área. Cómo para no hacerlo: mide 1,94 y tiene la virtud del cabeceo. El presagio se vuelve realidad: el nacido en Barrio Alberdi, Córdoba Capital, le gana la pulseada a su marca y convierte de cabeza el gol de la victoria. Pero antes, tuvo que esperar la decisión del VAR para que sea convalidado su primer gol en la liga italiana. La espera. Esa misma que vivió en Belgrano, el club del que es hincha, cuando al principio no era citado en divisiones menores y quería dejarlo todo. La espera. Esa misma que lo llevó a la recompensa de asentarse en la quinta división del Pirata y en 2023 debutar en Primera en la victoria por 1 a 0 contra Claypole por Copa Argentina. Luego, su rendimiento hizo que Lionel Scaloni lo mirara; en junio de 2025, fue convocado por la doble fecha FIFA de las Eliminatorias 2026, para disputar los encuentros ante Chile y Colombia. “Trato de esforzarme en los partidos para que me puedan ver. Mi expectativa es poder estar en la prelista de la fecha FIFA de marzo. Estoy en contacto con el cuerpo técnico. La ilusión es lo último que se pierde”, dice Troilo a sus 22 años. La espera y la ilusión. Dos motores en su vida.
–¿Cuándo se prendió esa llama por tu amor al fútbol?
–Fue gracias a mis abuelos. Me daban pelotas de regalo y, cuando no se podía comprar una, jugaba con una tapita en el garaje de la casa de ellos. Mi abuela iba al arco y, cuando se cansaba, iba mi abuelo. Esa pasión comenzó desde que tuve noción, cuando iba a ver a mi viejo a la cancha (Sebastián Troilo, ex defensor de Argentino Peñarol). Inclusive siendo bebé. Nació desde siempre ese sentimiento.
–¿Extrañás esas épocas?
–Extraño divertirme dentro del campo de juego. La exigencia del alto rendimiento lo lleva a uno a no disfrutarlo tanto por la presión. No me puedo quejar hasta donde he llegado porque me estimula el seguir mejorando, pero se extraña ese disfrute con los amigos. Cuando inicien las vacaciones, voy a meter un partido con ellos. Además, tengo pelotas por toda mi casa y juego con mis perros. A mi novia no le gusta mucho, pero siempre que puedo intento jugar.
–¿Cómo fueron esos inicios en la escuela de fútbol EFUL?
–Mi abuela me llevó a jugar y probar. Era la escuelita del barrio. También me llevaron para que deje de joderlos a ellos en casa (risas). Tengo grandes recuerdos. Me enseñó mucho y me dio valores. Había un hombre que me quería muchísimo que se llamaba Miguel Muñoz. Él siempre trataba de inculcarnos a cada nene que iba el respeto y la humildad. Tenía un vínculo muy cercano con él y también mi familia. Me quería tanto que me decía la ‘Joya’. Me marcó muchísimo.
–Tenés muy presente a tu familia…
–Es la pata fundamental de la mesa. En el fútbol te pasan situaciones que uno solo y siendo chico no las puede controlar. Ahí aparece el rol de la familia, hablándote desde otra perspectiva, y eso te ayuda a ver ciertas cosas que uno no puede ver o es chico e inmaduro y no lo puede saber. Tuve el privilegio de que mi viejo jugó al fútbol y conoce cómo es el ambiente. Sin la ayuda de la familia se vuelve muy difícil.
–¿Cómo fue la incertidumbre de no poder tener continuidad en las inferiores de Belgrano?
–Es durísimo porque es algo que no está a tu alcance. Había otra persona que decidía quién jugaba y quién no. Pasaba cuando era chico y pasa ahora que estoy en Parma. Cuando uno era chico, se volvía complicado. Me replanteé dejar de jugar. Era más lo que sufría que lo que me divertía. Volvía llorando de los entrenamientos cuando no me convocaban. Hacíamos pool con los otros chicos del club y los últimos días nos tocaba a mi papá y a mí llevarlos a cada uno a su casa. Ellos volvían felices porque jugaban; yo me tenía que tragar todo eso hasta que no se bajara el último y ahí recién desahogarme. Mi viejo me decía “ya te va a tocar” o “no siempre el que arranca termina jugando”. La incertidumbre la manejaba él. Yo era más cabezadura y cuando me opacaba decía “no quiero jugar más”. Él me calma y me sigue calmando cuando las cosas no salen como uno quiere. Siempre es mi viejo el que apacigua el agua para que esté más tranquilo.
–¿Qué significado tiene Barrio Alberdi?
–Alberdi y Belgrano es todo. Me crié ahí. Estoy identificado porque conozco la pasión del hincha. Los primeros 3 meses en Italia fueron difíciles. No podía soltar del todo Belgrano, porque estaba pendiente de los partidos. Estar lejos de mis seres queridos, adaptarme a una liga nueva, donde no era normal que arrancara jugando. El no poder cruzar un diálogo en el vestuario porque no sabía el idioma, especialmente dentro del campo de juego, donde los tiempos son segundos y comunicarte es fundamental. Tengo la suerte de estar unido con los seis argentinos del plantel, tomando mate y haciendo la adaptación mucho más rápida.
–Al pasar al Parma, dejaste dinero con el objetivo de invertirlo en las inferiores de Belgrano. ¿Qué función social deben tener las divisiones menores?
–Hay chicos en los clubes que se van muy chicos de su casa. Van a pensiones y pasan por situaciones que, por la edad, no son normales. El futbolista tiene que madurar muy rápido en ese sentido. Lo primordial es tener un acompañamiento psicológico a la hora de poder descargarte. También me gustaría que el predio siga creciendo. Cuando me fui estaba hermoso. Espero que con la plata que haya entrado y con las futuras ventas que va a haber, siga mejorando cada día más, porque Belgrano es un club gigante.
–En cuanto a lo deportivo, tus inicios fueron como número 5. ¿Qué implicó formarte desde ese rol?
–Me ayudó a tomarme un tiempo más con la pelota. Me gusta salir jugando y no me gusta revolearla, aunque a veces hay que hacerlo porque hay situaciones que te llevan a eso. Te ayuda a tener visión de juego. Si, por ejemplo, no tenés mucho tiempo en la mitad de cancha, la toma de decisiones tiene que ser rápida.
–¿Cómo esas características tienen impacto en la estructura del seleccionado argentino?
–El esquema del seleccionado es de juego y tenencia de pelota. La idea del central es encontrar un pase en ventaja a un compañero. Los pases filtrados. Ser muy agresivos en los duelos. No es fácil salir mal en un anticipo, perder y dejar mal parado a tu equipo. La valentía ayuda al juego colectivo. Saber anticipar, recuperar rápido, ir hacia adelante y tener la pelota te posiciona en ataque.
–En el Parma, ¿cómo es tu formación defensiva?
–La liga italiana le da mucho foco a lo defensivo. Se juega ordenado y en pocos espacios. Es una buena primera prueba siendo defensor. Te ayudan en lo táctico y en el sistema de juego. Me ayudaron a ordenarme dentro de la cancha. En Belgrano venía de jugar con línea de 4; acá estoy jugando con línea de 5, como último hombre. Mejoré en el saber qué hacer.
–Imagino que el timing es fundamental…
–En Italia hay otro ritmo. Al principio me costó, porque hay otra clase de jugadores, sin desmerecer a la liga argentina. Pero acá sabés que, si salís a anticipar, tenés que salir a ganar. Especialmente si sos el último hombre. Porque podés dejar pagando a todo tu equipo. Tomé noción cuando jugamos contra el Milan (fecha 11) y empatamos 2 a 2. Entré en el segundo tiempo y lo tuve que marcar a Leao, Pulisic y Nkunku. Jugadores que usaba en la PlayStation. Saber que marco a estos jugadores de elite, que, si le das un espacio o un segundo, te la mandan a guardar, es una locura. Hay que saber cómo tomar riesgos a la hora de salir a romper la jugada del rival.
–¿Qué es el fútbol para vos?
–Es, sin dudas, el motor por el que me sigo despertando. Es un sueño en conjunto. Cuando me asenté en Primera, no sólo fue algo para mí, sino para toda mi familia. No hay sentimiento más lindo que entrar a una cancha y hacer lo que a uno le gusta. Mi viejo me dice que yo tengo el privilegio de hacer lo que me gusta y no todos lo tienen. Por eso trato de explotarlo al máximo cuando me toca.
Fuente: Página 12
