Fútbol Internacional

Alemania y Francia, con todo para lo que viene

Alemania y Francia se renovaron con todo: las dos potencias del fútbol mundial presentaron en los últimos días a sus nuevos entrenadores y dejaron en claro que el ciclo rumbo a 2030 será con sus mejores exponentes. Jürgen Klopp y Zinedine Zidane tomaron las riendas de sus seleccionados en medio de la felicidad de sus hinchas, quienes se suman al entusiasmo de todo el universo deportivo por verlos en acción ante el desafío más importante de sus carreras.

Klopp, el elegido por la Mannschaft, es el hombre de las transiciones. Quizás aquella por la que es más reconocido es el gegenpressing, aquella concepción táctica del fútbol que propone un pasaje de defensa a ataque por medio de la presión asfixiante al perder la pelota, idea que el entrenador nacido en Stuttgart revitalizó bajo sus propios modos y hasta concibió bajo la metáfora del heavy metal. “Sé que no es la estadística más importante, pero me encanta leer después del partido que hemos corrido más que el rival”, explicó el DT sobre el fútbol con su sello, tan intenso, potente y vertical.

Algo menos menos conocida en su trayectoria es la transición entrenador-jugador, que en su caso se produjo en el club germano FSV Mainz 05 y duró menos que la metamorfosis de una mariposa. El 25 de febrero de 2001, Klopp jugó su último partido como futbolista (derrota por 3-1 ante el Greuther Fürth). Dos días después, fue anunciado por el club maguntino como su nuevo técnico. Todo empezó allí, en esa institución en la que Klopp había jugado la mayor parte de sus días como futbolista. “Logré disputar 325 partidos en la segunda división de la Bundesliga sin dominar ni un solo truco”, resumió alguna vez con ironía Klopp, quien sigue ostentando el récord de más partidos jugados con el Mainz en esa categoría.

“Tenía el talento para la quinta división y la cabeza para la Bundesliga. El resultado fue una carrera en segunda división”. Sus palabras retratan esa fantástica mente que, una vez fuera del campo de juego, se desplegó con tal fuerza que lo convirtió en uno de los entrenadores más reconocidos de nuestros días. Pero en aquel momento, resultó extraño verlo en la conferencia de prensa que anunciaba al técnico que tomaría las riendas del Mainz, que llevaba siete partidos sin ganar y estaba en zona de descenso. El entonces director general del club, según detalla la web oficial de la Bundesliga, todavía recuerda las palabras del periodista del periódico Mainzer Rhein-Zeitung como un signo de aquel desconcierto: “¿Qué hace Klopp aquí?”. El estado de confusión duró poco: Klopp ganó cinco de sus primeros seis partidos y evitó el descenso de su equipo a falta de un partido. Trabajó en el Mainz ocho temporadas más, pero fue en la cuarta cuando logró el ascenso del modesto club del suroeste de Alemania a la poderosa Bundesliga por primera vez en su historia.

Esa cabeza fenomenal que empezó a descubrirse con su labor en el Mainz se potenció con los desafíos de los clubes que lo contrataron después. En todos habitó otra de las transiciones que hizo huella suya: la del escepticismo a la fe. Aquella premisa de transformación la entregó en su rueda de prensa de presentación con el Liverpool en 2015. Les dijo: “Si alguien quiere ayudar al Liverpool, tiene que pasar de ser un incrédulo a ser un creyente”.

El proyecto de Klopp, un cambio progresivo que lleva su trabajo fino y su tiempo, siempre premió a esos believers. En 2008 se hizo cargo del Borussia Dortmund, que había estado cerca de la bancarrota, y dos temporadas después llegaron las alegrías, que incluyeron dos títulos consecutivos de la Bundesliga y la ilusión de volver a la final de una Champions League después de 16 años. Con el Liverpool, la cosecha de títulos llegó desde su tercera temporada como director técnico y hasta el pasado 2024, en el que se fue del club tras ganar todos los trofeos por los que sus dirigidos compitieron: una Premier League, una Champions League, una FA Cup y un Mundial de Clubes. El alemán de 59 años tomará las riendas de la selección de su país el 15 de agosto, solo unos meses después de haber deslizado que quizás se retiraría del fútbol. Quizás lo tentó la cuarta transición, esa que lo desafía en tanto deja de conducir un club para liderar un seleccionado.

Si el camino del alemán rumbo a la Mannschaft fue más lento y progresivo, el de Zizou rumbo a Les Bleus llega con la sincronía de lo que parece perfecto. “Es la persona adecuada para prolongar la edad de oro que vive el fútbol francés”, lo definió durante su presentación Philippe Diallo, el presidente de la federación del fútbol galo.

Tiene en su haber todos los pergaminos para conducir al seleccionado de su país, pero sus ganas aparecen primeras en el orden de importancia que el propio Zidane reflejó con sus palabras al hacerse cargo del equipo que Kylian Mbappé capitaneó en el último Mundial. “He tenido ofertas para tomar un club, pero las he rechazado todas por la Selección. Era lo único que quería hacer tras mi experiencia en el Madrid”, se sinceró el conductor de 54 años. “He pasado por todas las categorías y he ganado un Mundial como futbolista, que es lo máximo. Siempre he sabido que algún día dirigiría este equipo”, agregó el francés, cautivado, antes de asegurar que está viviendo “el momento más importante” de su carrera de entrenador.

Zidane personifica todo lo que parece ideal para esta Francia: emblema nacional y campeón mundial, símbolo de un buen pie que los galos lucieron en estos últimos tiempos dorados de su fútbol, dueño de un currículum glorioso e inédito como director técnico. La selección de Francia le entrega su codiciado banquillo a Zidane a exactos 20 años de su último partido como futbolista, aquella recordada final del Mundial 2006 en la que el argentino Horacio Elizondo lo expulsó por darle ese famoso cabezazo al italiano Marco Materazzi, un gesto que por estos días se habría viralizado en memes por todo el globo. Fue el final menos querido para la elegancia y la inteligencia que regó por las canchas que atestiguaron su fútbol. Incluso el mismo Zizou se arrepintió de aquel impulso, que aun dos décadas después no pudo empañar su brillante trayectoria, esa que lo hizo campeón del mundo en 1998 y lo llevó a consagrarse en la Eurocopa 2000 y en la Champions League 2002, sin contar otros trofeos nacionales e internacionales con el Girondins de Burdeos, la Juventus y el Real Madrid.

Su única experiencia como entrenador la tuvo, justamente, en el conjunto madrileño, con el que enhebró una gloria inédita: encadenó tres Champions seguidas (2016, 2017 y 2018), un hito que todavía no se repitió y que el francés logró equilibrando el fútbol merengue de un plantel con múltiples estrellas, entre las que se recuerdan Cristiano Ronaldo, Gareth Bale, Karim Benzema, Toni Kroos o Sergio Ramos.

Zidane esperó, paciente, su oportunidad soñada. Llegó con el difícil desafío de continuar el ciclo dorado de Didier Deschamps, quien fuera compañero suyo en aquella Francia reina del mundo en el Mundial ’98 y el hacedor de estos dorados 14 años de Les Bleus, campeones en Rusia 2018 y subcampeones en Qatar 2022. El fútbol también lo esperaba a Zizou: quería verlo otra vez con el gallito sobre el pecho y estampar un nuevo recuerdo suyo con los colores de Francia, uno que dejara atrás aquella roja que se saboreó injusta para el final de una carrera tan dorada.

Fuente: Página 12

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